lunes, 4 de julio de 2016

Los abusos de la época del caucho persisten en la memoria y en los mitos

 Por Leonardo Tello Imaina y Bárbara Fraser


La versión original de este artículo se publicó en inglés el 1ro de julio del 2016 en la revista Sapiens: http://www.sapiens.org/culture/rubber-era-myths/

Foto: Leonardo Tello 

Después que les había hecho dormir profundamente, el tigre negó entró al campamento y los mató a todos cortándoles el cuello. Les chupaba la sangre. Solo uno se salvó escondiéndose en el bosque. Desde ahí escuchaba a sus compañeros que gritaban. Así mataba el tigre negro a los shiringueros.

Mi padre me contaba esa historia cuando yo era niño, sentado en el piso de nuestra casa en Sarapanga, una isla en el Río Marañón en el noreste del Perú. Con el humo de tabaco que nos envolvía y el sonido del río que pasaba a pocos metros, la historia del tigre negro cerraba una tarde de cuentos, luego del cual él nos mandaba a dormir.

Años después, lo volví a escuchar cuando visitaba comunidades con mis colegas de Radio Ucamara, una pequeña emisora en la ciudad de Nauta. El personal de la radio es kukama y la mayoría de nuestros oyentes son de comunidades kukama.

Al principio, el cuento me extrañaba. El jaguar es un depredador solitario y selectivo, que solo mata lo que necesita para comer. Pero poco a poco la historia del animal que mataba a seres humanos y chupaba su sangre reveló una verdad terrible. El tigre negro no era una felina del bosque, sino algo más siniestro—la memoria viva de la época cuando el caucho, que había sido el motor de la economía amazónica, provocaba la muerte o el desplazamiento forzoso de miles de indígenas. Esa realidad está tan viva ahora como hace un siglo, cuando la época del caucho estaba en auge.
“Los mitos indígenas muchas veces no son lineales. No necesariamente son cronológicos. No se trata tanto de contar precisamente lo que pasó, sino de socializar los eventos del pasado para que puedan formar parte de la memoria colectiva de tal forma que tengan sentido dentro de la cosmovisión indígena", dice el Jonathan Hill, antropólogo de la Universidad de Illinois Sur, quien ha recopilado historias de la época del caucho en Venezuela. Creo que es un proceso de sanación", dice.
El mito, según Hill, les permite a los pueblos indígenas interpretar sus propias historias y mantener su identidad cultural dentro de las sociedades predominantemente no indígenas de America Latina.
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Para los pueblos indígenas de la Amazonía, la época del caucho fue un periodo histórico particularmente traumático.

La expansión de la manufactura industrial comercial en Europa y Estados Unidos en el siglo XIX desató una bonanza económica en América del Sur al crear un apetito voraz para caucho para tubos, llantas, cinturones y otros usos. Las ciudades de Manaus y Belém, en Brasil, e Iquitos, en la Amazonía peruana, todavía reflejan las fortunas ganadas al final del siglo XIX, antes de que algunos viajeros británicos llevaran semillas de la planta del caucho a su país. Se sembraron las semillas allí y se llevaron los plantones al Asia, donde se establecieron grandes plantaciones.

Sin embargo, las fortunas se debían al trabajo forzoso y la esclavitud. Miles de hombres, mujeres, niños y niñas murieron en el trabajo o fueron asesinados por los capataces por no entregar su cuota de latex o por rebelarse.

Uno de los empresarios del caucho más brutales fue el peruano Julio César Arana, quien forjó un imperio por el Río Putumayo durante la primera década del siglo XX, aprovechando de la ausencia de la ley en un área donde la frontera entre el Perú y Colombia era borrosa. Relatos de violaciones, torturas y matanzas de trabajadores indígenas finalmente llegaron a Inglaterra, donde la empresa de Arana estaba registrada. Bajo presión de los medios y de una organización de derechos humanos allí, una investigación fue abierta por el diplomático Roger Casement.

El informe demoledor de Casement, entregado a la oficina de Relaciones Exteriores de su país en el año 1911, generó otra investigación en Inglaterra, porque tres de los directores de la empresa fueron ingleses, pero tuvo poco impacto en el Perú, donde la mayoría de los abusos quedaron impunes.
Al final, lo que puso fin a la fiebre del caucho en esta región del mundo fue la economía. Las plantaciones en Asia empezaron a producir más latex a un costo más bajo, y el "boom" en la Amazonia entró en declive. Sin embargo, la producción del caucho—y el abuso a los trabajadores indígenas—seguía en la Amazonia peruana por unas décadas más, hasta mediados del siglo XX.
Algunos comuneros kukama en el bajo Marañón trabajaban el caucho hasta los años 50 y 60. No fue un trabajo esclavo, pero los habilitaron los patrones en el área que ahora es la Reserva Nacional Pacaya-Samiria, un área enorme de humedales y bosques estacionalmente inundados en la región de Loreto que forma parte del sistema nacional de áreas protegidas.

Aunque ellos no vivían el auge de la época del caucho, cuando Arana reinaba, la memoria colectiva sigue viva en los relatos que ellos escucharon de sus padres y abuelos, y en mitos como el del tigre negro.
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Aun ahora, cuando los descendientes de las víctimas cuentan de las torturas, violaciones y matanzas perpetradas por los empresarios del caucho, se les caen las lágrimas, según Stefano Pau, un estudioso de literatura y cultura latinoamericano de la Universidad de Cagliari en Italia. Pau ha recopilado historias y mitos de esa época en Nauta y en comunidades en el Río Ampiyacu, afluente del Amazonas en el Perú.

Yo he experimentado lo mismo. Cuando me senté, grabadora en la mano, a pedirle a mi padre que me contara de su vida durante esos años, me miró fijamente a los ojos y empezó por contarme que todo era lindo en ese tiempo. En seguida se quebró su voz, sus manos temblaron, inclinó su cabeza y empezó a llorar. Lo que escuché a continuación encogió mi corazón. Sentí ira, deseos de venganza. Lo que escuché esa tarde cambió mi vida.

Desde entonces, con mis colegas en Radio Ucamara hemos recopilado más de 70 relatos de la época del caucho. Otras personas llevan a cabo esfuerzos similares, entre ellos los artistas huitoto Rember Yahuarcani y Brus Rubio. El antropólogo peruano Alberto Chirif, de Iquitos, ha editado dos relatos de la época que don Ramiro Rojas Paredes, un huitoto murui que nació en el año 1923 en el corazón del imperio del caucho, le contó a su nieto, Alex Acuña, antes de morir en el 2008.

Además de la historia del tigre negro, que refleja la crueldad de los empresarios del caucho, los relatos que hemos recopilado contienen otras imágenes de esa época que se han entretejido con el mundo espiritual kukama, conectando el pasado con los eventos de coyuntura en el Marañón.

                                                               Foto: Leonardo Tello 

Relatos de barcos fantasmas—embarcaciones bien iluminadas, donde hay bailes y fiestas, que pescadores kukama ven en el río de noche, y que desaparecen sin dejar huella—son un recordatorio de la época de bonanza, cuando los patrones viajaron en un estilo lujoso sostenido por la explotación de los trabajadores indígenas.

Esos barcos todavía aparecen en lugares donde se despachaba el caucho en embarcaciones o donde se llevaba a cabo alguna otra actividad relacionada con el caucho. El mito volvió a cobrar relevancia con la llegada de las embarcaciones petroleras y los cruceros turísticos que transitan por el río.


Ver video en esta dirección:
 http://www.sapiens.org/culture/rubber-era-myths/


Otro tema que se repite es el del bufeo colorado, que toma la forma de un hombre de tez clara, vestido de botas y sombrero. Aparece en las comunidades, enamora a las mujeres y las deja embarazada.

Aunque algunos mitos del bufeo colorado son más antiguos, esta versión tiene sus raíces en la época cuando los hombres pasaban meses en el bosque, dejando a sus mujeres e hijos en las comunidades, a la merced del patrón. Si un hombre volvía a casa y encontraba a un niño que no era su hijo, se le echaba la culpa del embarazo al bufeo colorado.
“Yo he visto cómo llegaron a los puertos de la comunidad y encontraron a mi tía y a mis primas lavando en el río, ahí las agarraron y las violaron a mis primas y a su madre, yo estaba viendo escondido desde un árbol de guayaba”, dice Víctor Canayo Pacaya, un hombre de 64 años, oriundo de una comunidad en el Marañón quien reside ahora en Nauta.

Muchas de las mujeres y niñas que vivían esta violencia aún viven, son madres y abuelas, pero nunca se han escuchado sus historias. No se ha hecho nada para reconciliar el pasado o sanar esas heridas, y sus hijas y nietas muchas veces sufren una agresión sexual similar cuando dejan sus comunidades y viajan a las ciudades a trabajar como empleadas del hogar, a veces en las casas  de los descendientes de los patrones.
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En el 2012, a un siglo del informe de Roger Casement, el gobierno colombiano oficialmente pidió perdón por las atrocidades cometidas en La Chorrera, en el corazón del imperio de Arana, ubicado en territorio que ahora pertenece a Colombia.

Sin embargo, las disculpas no llegaron a los oídos de muchas de las personas cuyas vidas siguen siendo marcadas por el desplazamiento, y la discriminación y el trato humillante persisten. El turismo sexual infantil, las permanentes contaminaciones por derrames de petróleo, la apropiación de sus territorios, entre otras cosas, son la expresión de que esa época de dolor y de explotación no ha terminado.

La frontera de bosque espeso entre el Perú y Brasil tiene la mayor concentración de pueblos en aislamiento—tribus que generalmente evitan contacto con personas foráneas—en el mundo. Muchos son descendientes de personas que huyeron hacia las cabeceras para escapar el genocidio desatado por los patrones del caucho.

A pesar de un cierto nivel de reconocimiento de la tragedia de parte de los funcionarios del gobierno y hasta en la literatura—la novela El Sueño del Celta, del autor peruano Mario Vargas Llosa se basa en la historia de Casement—ha habido poco reconocimiento de la dimensión moral de la época del caucho y sus secuelas.

En Radio Ucamara quisiéramos ver la época del caucho incorporado al Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social, un nuevo museo en Lima dedicado principalmente a la memoria histórica de la violencia política de las décadas de los 80 y 90.
Algunas activistas de derechos indígenas también reclaman reparaciones por la violencia, una idea todavía incipiente según Victoria Tauli-Corpuz, relatora especial de la ONU para los derechos de los pueblos indígenas.

Durante una visita oficial a Brasil en marzo del 2016, Tauli-Corpuz recomendó una investigación nacional de la situación de los pueblos indígenas. Una investigación de esa naturaleza permitiría explorar no solo la situación actual de los pueblos indígenas, sino también las raíces estructurales e históricas de los problemas que enfrentan, según Tauli-Corpuz.

Foto: Leonardo Tello 
La generación que mantiene vivas estas memorias se nos va. Mi padre tiene ahora 98 años, y algunas de las personas que nos contaron sus historias en los últimos años han fallecido. Cuando los jóvenes leen de esas décadas en sus textos de historia, aprenden nombres y fechas, pero no aprenden la profundidad del horror que afectó, y que sigue afectando a sus abuelos, sus padres y ellos mismos.

Es importante seguir escuchando a la gente mayor, mujeres y hombres, sus testimonios en primera persona. Sin embargo, también hay que asegurar que estas historias, tanto los relatos de eventos como los mitos, lleguen a la gente joven, pues muchos jóvenes de hoy no comprenden por qué aun tanta humillación, tanto insulto y tanta exclusión hacía los pueblos, hacia la gente.

“Convertir la historia en mito no es simplemente reiterar los hechos, sino tiene que ver con la dimensión moral", según Hill. Con estos relatos, las personas "ya no se entienden a sí mismas como meros descendientes de ancestros míticos. Son gente descendida de los sobrevivientes de un pasado histórico traumático".


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